Un día, cuando mi pelo era millonario y color azabache, y no escuálido y blanco-nieve como ahora, un famoso productor español, conocido por las siglas J.F., me llamó y dijo:

Luis, he comprado una película italiana que es muy mala. Si se estrena tal cual, será una ruina. Míratela y, si eres capaz de  salvarla, tienes cincuenta mil pesetas.

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Me senté en la moviola de Cinearte y, tras sobrevivir a las cinco ruidosas bobinas, llegué a la conclusión de que J.F. estaba equivocado: no era muy mala, era espantosa, horrenda, tremebunda… Pero claro, eran cincuenta mil pelas. Así que empuñé el látigo mental y comencé a verberar sin piedad todas mis neuronas. Y en apenas media hora, ¡voilá!, saltó la chispa: cambiarle el argumento.

La idea fue genial, sí, pero llevarla a la práctica resultó un calvario. Claro que cincuenta mil pelas

Quince días encerrado frente a la moviola, a razón de ocho horas diarias, convirtieron a La poliziotta a New York, protagonizada por la buenorra Edwige Fenech y el insufrible Alvaro Vitali en Tres polis peligrosos en Nueva York. Y lo que en el original era una trama de narcotraficantes, en mi versión era la preparación de un atentado contra el presidente Ronald Reagan, que por cierto no aparecía en toda la película.

El día que miré la recaudación en taquilla y vi que superaba los quince millones de pesetas, tomé conciencia de que la imaginación era el mayor poder del mundo.

Las cincuenta mil pesetas me vinieron de maravilla, pero mucho más gratificante fue fardar de ser “el único creativo en el mundo que le cambió el argumento a una película una vez rodada”…Hasta hace pocos meses que un amigo me “aguó” la fiesta informándome que no era el único. También había hecho lo mismo un tal Allan Stewart Königsberg con una película japonesa. Por cierto, creo que este individuo se hace llamar Woody Allen.

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