El final de las películas, clave para decidir si ha sido buena o mala.

El final de las películas, asignatura pendiente para directores y guionistas

Aunque nos vamos a mover en el terreno cinematográfico, comencemos pisando el albero taurino porque su ejemplo va a ser muy ilustrativo del contenido de este post.

Un torero recibe al “negro zaíno” de turno de rodillas en medio de la plaza. Aplausos. Con el capote hace lo que quiere con el cornúpeta. Más aplausos. Coge la muleta y derechazo por aquí, izquierdazo por allá. Aplausísimos. La plaza en pie, la banda de música ataca el tercer pasodoble, los aficionados de toda la vida encienden el puro. El diestro empuña la espada y se va a rematar la faena pensando en las dos orejas y el rabo. Entra a matar, y pincha… Murmullo de decepción en el tendido. Segundo intento y segundo pinchazo. Algunos silbidos. Tercer pinchazo y muchos silbidos. Cuarto tropiezo en hueso y empiezan los insultos…

Moraleja, por muy buena faena que hagas, si no la rematas bien, de nada, o de muy poco,  habrá servido todo lo anterior.

Exactamente ocurre con una película. El planteamiento puede ser muy bueno y el desarrollo muy entretenido, pero si no tiene un final convincente, el espectador saldrá del cine decepcionado.

El final de las películas, clave para decidir si ha sido buena o mala.

El final es lo que más recordará un espectador al ver una película. (Fkickr)

DOS PELÍCULAS PARADIGMÁTICAS

Se podrían poner decenas,  centenares, miles de ejemplos. Pero nos vamos a referir a una película de estreno reciente, Séptimo, dirigida por Patxi Amezcua e interpretada por Ricardo Darín y Belén Rueda.  Y a otra estrenada hace unos años, en 2008, El niño con el pijama de rayas, guiónizada y dirigida por Mark Herman.

Séptimo tiene un excelente arranque: un padre separado y sus dos hijos pequeños juegan a lo que juegan todos los días cuando aquél les lleva al colegio: a ver quién llega antes abajo. El padre baja en el ascensor y los niños corriendo por las escaleras desde el séptimo piso. Pero un día, los pequeños no llegan abajo. Este planteamiento posee un desarrollo interesante: el padre comienza a buscarlos y no se encuentran en ningún piso de la finca. Sospecha de varios vecinos, pero los va descartando sucesivamente. La película transcurre casi íntegramente en el edificio y no se hace pesada ni reiterativa  en ningún momento…

Pero llega el desenlace del misterio planteado, el momento de “entrar a matar”,  y aquí pincha en hueso, y pincha y pincha… (Atención, Spoilers) Los  niños han sido secuestrados por la madre con el fin de que el padre firme el divorcio y ésta se los pueda llevar con ella. La motivación  del secuestro resulta convincente, pero no basta. Y no basta porque el espectador se hace numerosas preguntas sin respuesta: dónde estaban los niños dentro del edificio si se registran todos los pisos y no están en ninguno, con quién, por qué no hacen nada los policías que estaban en la puerta, quien efectúa las llamadas telefónicas al padre…

¿Culpa del guión que no explicaba claramente el misterio, de la dirección que se cargó escenas claves al rodar, del montaje que las desechó…?

Por el contrario, El niño con el pijama de rayas es una cinta, en principio, con una historia no demasiado llamativa: el hijo de un oficial nazi que dirige un campo de concentración se hace amigo de un niño judío que está confinado en el citado campo. Este sale y entra por un hueco de la alambrada. Un día, el hijo del oficial nazi penetra con su amigo judío en el citado campo y…

Y los soldados que manda su padre ordenan a un grupo de prisioneros, entre los que se encuentran los dos niños, que entren en un horno crematorio

El desarrollo de la historia, como decíamos, no daba para mucho. Pero en este minuto final adquiere todo su valor. Un final estremecedor que impacta brutalmente en el espectador y que le acompaña mucho tiempo después de haber abandonado la butaca.

Conclusión. Séptimo será olvidada muy pronto por los espectadores y El niño del pijama de rayas permanecerá mucho tiempo en la memoria de quienes la vieron.

'El niño del pijama de rayas' no tiene un planteamiento muy espectacular, pero su desenlace es satisfactorio.

‘El niño del pijama de rayas’, una película cuyo final responde a las expectativas.

EL MÉTODO O.HENRY

O.Henry es el seudónimo de William Sidney Porter, (1862-1910) un escritor de cuentos y narraciones breves que se hizo famoso por su técnica argumental: escribía sus historias “para atrás”; es decir, primero buscaba un buen final y, una vez narrado el desenlace, comenzaba a escribir desde el principio.

Tanta fama y tantos escritores le imitaron y admiraron, que en EE. UU. se creó en su memoria el famoso premio O. Henry Awards de cuentos, uno de los más importantes del mundo. Este premio lo han recibido, entre otros, los escritores William FaulknerDorothy ParkerFlannery O’ConnorJohn UpdikeTruman CapoteRaymond CarverSaul Bellow, e incluso, el cineasta Woody Allen.

¿Por qué es importante es escribir una historia teniendo claro el desenlace? Fundamentalmente porque será una guía perfecta para el planteamiento y el desarrollo, ya que te ayudarán a no desviarte del camino correcto para llegar al fin deseado. Si, por el contrario, comienzas un planteamiento y lo desarrollas, cuando llegues al final puede ser que le encuentres un buen remate…o no. Y si éste es el caso, terminarás dándole  un final inadecuado porque ya has empleado mucho tiempo en la historia y no la vas a tirar a la papelera.

Escribir las historias de atrás hacia adelante facilita la búsqueda de un final potente

El escritor O. Henry era conocido por escribir sus historias de atrás hacia adelante.

¿QUÉ ES UN BUEN FINAL?

Para dar respuesta a esta pregunta habría que escribir todo un tratado del arte de contar historias, o dar un curso completo sobre la materia. Sobre todo, porque existen finales de muchos tipos ya que hay historias de numerosos géneros: policíaco, romance, drama, terror, thriller, comedia disparatada, comedia romántica, misterio, etc. Y, sobre todo, explicar a fondo lo que es tener sentido común partiendo de la lógica aristotélica.

Ahora bien, sí existe un común denominador a todos los buenos finales de historias: tiene que dar una respuesta satisfactoria, no necesariamente exhaustiva, al planteamiento. Traducimos esta teoría al idioma práctico: si sales del cine con unos amigos y uno pregunta:

¿Pero por qué la policía sabía que el asesino de la mujer era su amante y no el marido?

Si esto ocurre, es que la peli no ha tenido un buen final.

Alguien, llegado a este punto, puede argumentar que existen magníficas películas con finales que no explican, para nada, todo lo que se ha planteado y desarrollado, que se saltan a la toreara toda lógica. Por ejemplo, la mayoría de las cintas de Hitchcock. Pues sí, es cierto. Pero es que en el cine existe una regla de oro no escrita que reza:

Los genios cinematográficos se pueden saltar todas las reglas del guión, para eso son genios.

Los demás, por desgracia, tenemos que cumplirlas. Nos van las lentejas en ello. Porque en el mundo del guión, además de la regla anterior, existe otra que afirma:

Si una película fracasa, la culpa siempre es del puto guionista. Por eso cobra una mierda… Cuando cobra.