16 Jul De guionista a novelista, una transición… ¿natural?
Por Emilio Díez
Si te dedicas o te quieres dedicar a este trabajo (contar historias), es probable que todo comenzase en tu infancia. Leías, o veías películas o series de televisión, y había algo en esos mundos imaginarios que te atrapaban de una manera distinta o más completa que a otros. Y un día, como un juego, te pusiste a imaginar cambios en esas historias que habías visto o leído, o a inventar otras nuevas.
Empezar a crear historias
Yo también, aunque nunca lo hubiese verbalizado de esa manera, quise crear historias desde muy pequeño. Al principio era sólo un pasatiempo. Luego comencé a escribirlas en un cuaderno sin más pretensiones aún que divertirme. Todo prosiguió con el intento de escribir pequeños relatos, tal vez porque en esos primeros momentos era más difícil acceder a guiones escritos, y yo no conocía siquiera el formato. Esta vocación personal se convirtió en algo distinto cuando entré en la ECAM, y después de terminar la diplomatura de Guión, comencé a escribir series, no sólo porque me encantaba el audiovisual, sino también porque parecía más factible convertir eso en una profesión que pagase las facturas que hacerlo escribiendo literatura.
La vocación se convirtió en un oficio, con todos los cambios y complejidades aparejados. Seguía escribiendo relatos o posibles novelas para mí. En realidad, eran tímidos intentos que no iban a ningún lado, hasta que hace un año y medio decidí darme un tiempo para intentarlo de verdad.
Del guion a la novela
Cuando llegó ese momento, ya tenía una idea clara de qué novela quería escribir. Un thriller psicológico, con personajes fuertes y una trama llamativa pero verosímil. “Soma” empieza con la imagen de un hombre lanzándose desde una azotea y de un desconocido acercándose a él para no dejarle morir solo.
El hombre que se acerca es Arregui, un periodista en crisis que afronta esa edad intermedia en la que ya estás de vuelta de todo y hace tiempo perdiste cualquier suerte de ingenuidad, pero aún debes mantenerte en la brecha. La segunda protagonista, Aisha, nace de una experiencia real: la adjunta del Hospital de La Paz con un hiyab en la cabeza que atendió el nacimiento de mi primera hija. Española hija de libaneses, con una identidad fragmentada,
Aisha recibe en el mismo día la mejor y la peor de las noticias. Por la mañana descubre que está embarazada, y unas horas más tarde, un policía le cuenta que sus padres han sido asesinados a manos de su propio hermano.
Como en el juego de los puntos que se van uniendo hasta formar una imagen definida, estos elementos se añaden a mi descubrimiento personal de la tasa de suicidios en España (4000 personas al año) y a las cada vez más frecuentes conversaciones con profesionales de la salud mental que advierten de la fragilidad de las relaciones humanas a nuestro alrededor. En definitiva, de cómo las heridas emocionales nos convierten en manipulables.
Diferencias entre escribir un guion y una novela
Mucha gente me pregunta las diferencias entre escribir guiones y literatura. La primera gran diferencia es que el trabajo en una serie de televisión siempre es colaborativo. Todas las series parten de un trabajo conjunto con otros guionistas, coordinadores, producción ejecutiva, directores, cadena de tv o plataforma, etc. Por muy arriba que estés en el escalafón, el resultado siempre es compartido.
Cuando escribes una novela, estás tú solo. Para bien o para mal, no tienes excusas ni puedes mirar a otro lado.
En el proceso de escribir una serie, las ideas se complementan con tus compañeros, mientras que en el caso de una novela, sólo tú decides qué es correcto o incorrecto. Esto tiene su parte buena y también negativa. El resultado es más personal. Pero también los posibles errores, e incluso las dudas acerca de si algo es una buena idea o no lo es, no pueden ser debatidas con nadie.
En vez de estar en una sala con otros compañeros, ahora estás tú solo tomando notas a mano, a veces solo en casa, otras en Bibliotecas, la mayoría de las veces en cafeterías. No hay nadie con quien procrastinar o comentar una idea, ni ningún compañero que pueda darte el relevo, mejorar tu idea o aportar una nueva perspectiva que lleve la historia en otra dirección. La incertidumbre aumenta cuando comienzas la escritura de la novela en sí. En mi caso, lo afronté intentando superar muchas dudas.
Mucha gente da por hecho que después de escribir series durante años, te puede resultar más fácil pergeñar la trama de la novela. Mi sensación es que el oficio te hace tener unos recursos que aplicas de manera inconsciente: la necesidad de entretener, de ir al grano y no perderte con elementos innecesarios, una cierta intuición de qué pasos/giros necesitas para que la historia siga fluyendo.
En mi caso, no puedo escribir (guión o novela) sin tener una estructura clara de dónde comienza la historia o dónde termina. Pero toda esa experiencia no significa que tengas “trucos” o una especie de esquema maestro que te permita saber qué funciona o qué no.
Como dijo el guionista William Goldman, la regla de oro de la creatividad es Nadie sabe nada. Y pobre del que crea saberlo. La realidad es que avanzas a ciegas, a veces más seguro y otras, llenos de dudas, sin saber nunca con certeza dónde vas a llegar. Lo importante es seguir. Como dice el proverbio árabe, Los perros ladran, pero la caravana sigue avanzando.
El calado literario
Tras la trama, viene la segunda parte esencial del trabajo narrativo: darle calado literario a la trama y a los personajes.
La escritura de guiones es más aséptica en cuento a estilo (todo está o debería estar en las acciones externas y en los diálogos), mientras que en el caso de una novela, ese esencial dotar a la narración de una voz personal, de contar la historia para que fluya al mismo tiempo que eres capaz de darle pausa, profundidad y una suerte de recompensa literaria al lector. Unir ambas necesidades (trama y valor literario) es el gran reto. En definitiva, que el fondo y la forma trabajen en armonía.
La visibilidad del autor
Al publicar la novela te das cuenta de un nuevo elemento diferenciador. El trabajo habitual del guionista es anónimo. Muchas veces porque la industria ha oscurecido históricamente nuestros méritos, pero también porque creo que el guionista medio se siente razonablemente cómodo en un primer plano creativo, pero un papel más secundario socialmente hablando.
Un guionista nunca va a ser más requerido por los medios que un actor. En cambio, la novela viene firmada por ti, y eres tú el que tienes que salir de tu zona de confort para dar la cara, promocionarla y defender tu trabajo. No creo que haya ningún escritor novel que no sufra ante la posibilidad de firmar en la Feria del libro de algún sitio, o presentar la novela en una Librería de cualquier ciudad, y que no se presente nadie.
Esa pesadilla recurrente para muchos escritores es algo que no tienes que afrontar de esa forma tan directa cuando eres guionista. La necesidad de hablar/promocionar tu trabajo puede resultar gratificante y difícil al mismo tiempo para personas que estamos acostumbrados a no hacerlo. Pero cada vez es un paso más imprescindible del trabajo.
En definitiva, muchas cosas son distintas, y a la vez, la esencia se mantiene, aunque pasen los años y cambie el medio. El deseo sigue siendo el de contar una historia y llegar a alguien. Alguien que valide tu esfuerzo y que te demuestre que ha valido la pena.
Emilio Díez ha publicado su novela SOMA, y anteriormente ha sido guionista de series míticas de la televisión en España, como Los Serrano, El Internado o La Casa de Papel, entre otras.
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