teoría del todo

Cuando los espectadores se quedan a leer los rótulos finales

Por LUIS MURILLO MORENO

“Ocho apellidos vascos” es una buena película dado que fue un gran éxito comercial y el público que ha ido a verla se ha reído, objetivo primordial y único del film.

¿Pero es una GRAN película…? Mucha gente diría que es una BUENA película pero no una GRAN película.

¿Cuándo nos encontramos ante una gran película…?

Pregunta de difícil respuesta porque no existe, ni puede existir, un canon cinematográfico.

¿Una película es grande porque va mucha gente a verla…? ¿Porque los críticos le ponen numerosas estrellas…? ¿Porque recauda mucho dinero…? ¿Porque aparece en las “historias del cine…”? ¿Por qué la pasan muchas veces por televisión…?

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LA TEORÍA DEL BUEN FINAL

Hay quienes defienden, el que suscribe estas líneas entre ellos, que una gran película es aquella que tiene un magnífico final. Es decir, la que remata la historia con un desenlace que no defrauda a los espectadores. La manera de terminar las películas es un tema de capital importancia en el cine, y más de una vez he escrito sobre él porque es decisivo en el éxito o no de un film a nivel de crítica y público.

Un símil taurino nos ayudará a comprender mejor la mencionada importancia. Si un torero le da a un astado unos magníficos capotazos, si pone unas banderillas espectaculares y realiza una faena esplendorosa…No servirá de nada si falla con la espada. Si comienza a pinchar y pinchar, todos los aplausos anteriores habrán sido completamente inútiles. Más aún se convertirán en pitos.

Pues algo parecido ocurre en el cine. Si la película tiene un buen planteamiento, un desarrollo entretenido, unos magníficos actores, una música adecuada, una puesta en escena ajustada… Será una película fallida si la historia no se remata con solvencia.

Pero un buen final que, insisto, es absolutamente necesario para una gran película, tampoco creo que sea el elemento definitivo. He evolucionado en mis planteamientos apriorísticos y ahora, tras haber visto nueve obras en las últimas cinco semanas, he tenido una experiencia que quiero poner en común con los aficionados al cine.

LA PRUEBA DEL ALGODÓN

Las nueve películas que he visto son: “El viaje más largo”, “La Cenicienta”, “El maestro del agua”, “Perdiendo el norte”, “La dama de oro”, Lo mejor de mí” y…

EL FRANCOTIRADOR: dirigida por Clint Eastwood con Bradley Cooper comandando el reparto,  narra la historia del  marine SEAL Chris Kyle, un tejano que batió el récord de muertes como francotirador del ejército norteamericano.

LA TEORIA DEL TODO: dirigida por James Marsh e interpretada magistralmente por Eddie Redmayne, cuenta la atormentada vida del científico Stephen Hawking.

SUITE FRANCESA: dirigida por Saul Dibb con Michelle WilliamsMatthias SchoenaertsKristin Scott Thomas  se centra en contar el amor entre un oficial alemán y una mujer francesa casada. Una historia basada en la obra autobiográfica de la escritora Irène Némirowsky.

Las tres películas reseñadas nos sumergen en universos totalmente diferentes, son tres films estéticamente en las antípodas unos de otros, la puesta en escena resulta muy asimétrica y las interpretaciones todas son eficaces todas aunque con métodos muy variados.

Pero hay algo que las tres películas tienen en común desde mi experiencia personal: cuando terminaron las proyecciones, la inmensa mayoría de los espectadores permanecieron sentados en sus butacas hasta el último detalle de los títulos de crédito, a pesar de que se encendieron las luces de la sala.

Dicho fenómeno no suele ocurrir en la mayoría de las cintas que se estrenan semanalmente en los cines. Generalmente, los espectadores presentes en la sala se levantan al aparecer la palabra fin en dirección al bar, al baño, al aparcamiento o a la salida.

¿Por qué sí ocurrió al terminar “El Francotirador”, “La Teoría del Todo” y “Suite Francesa”? Porque la inmensa mayoría de los espectadores presentes en la sala quedamos impactados. 

Obviamente, me puse a reflexionar qué sensaciones había tenido yo con cada una de las cintas, y que fueran comunes a todas ellas. Tomé mis notas y llegué a las conclusiones siguientes:

  • Historias personales muy emotivas.
  • Historias de psicologías muy complejas.
  • Historias sentimentales en el filo de la navaja
  • Historias con un ritmo pausado pero sin un solo bache.
  • Historias con desenlaces dramáticos.

PISTAS PARA CINEASTAS

No sé si mi experiencia personal puede servir de pista para los creativos cinematográficos. Pero les recomiendo tenerla en cuenta porque, si se detienen a examinar los cinco elementos anteriores, muchos de ellos se encuentran en la mayoría de las películas que hoy se consideran “clásicas” en la Historia del Cine…

Pensemos en “Casablanca”, “Perdición”, “El león en invierno”, “Doctor Zhivago”, “Rebelde sin causa”, “Rebeca”, “La heredera”, “Los sobornados”…

Son historias que, al indagar en el fondo del alma humana, generalmente fondos con aguas malolientes y turbulentas, consiguen conmover al espectador. Lo impactan porque cada ser humano, no lo olvidemos, o bien es protagonista, o bien es un secundario de lujo de esa gran tragedia que es la propia existencia.

Es decir, para que una  película se convierta en una gran película, para que percuta en los espectadores. debe encerrar un corazón, en el más amplio sentido de la palabra,  lacerado por las circunstancias y personajes que le rodean.

FINAL

De todo lo anterior se deduce, amigo lector, que cada vez que vayas al cine y termine la proyección, eches una mirada en derredor tuyo y observes si todo el mundo tiene prisa por ir al baño o al aparcamiento. Si es así, seguro que la película que habéis visto es perfectamente olvidable. Si ocurre lo contrario…

Recomiéndasela a tus familiares y amigos. Seguro que te lo agradecerán.

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